Nuevo Amanecer

Nota:
Escrito un día antes,
el último en Colombia,
para leerse
habiendo despertado
por vez primera en Chile
un 16 de febrero de 2010
sin la más mínima idea
de la movida bienvenida
que me iban a dar estas tierras.
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Si tengo un nuevo amanecer...
aunque sea uno solamente,
abriré mis ojos nuevamente
para Chile, por primera vez.
Veré atareadas las montañas
mientras van peinándose las canas
con los dedos de las nubes.

El cielo de verano habrá logrado
despegarse de las mantas de la noche
permitiéndose de nuevo sonreir.
Vendrán los nimbos suroestes
a atender la cita con los montes
rascando con sus uñas delicadas
las cumbres angulosas de los Andes.

Y poco a poco, descendiendo,
por los grávidos peldaños de las parras,
me uniré al coro de los hombres
mezclando el aire tropical y cafetero
con el cítrico aroma de las vides
y el canto azul de las montañas.



En las faldas lejanas de los Andes
que saben de memoria las canciones
que cantaban alegres los mapuches,
mi voz, entre el humo gris de las montañas
quedará mezclada, en ese nuevo
y presente amanecer.

Abriendo espacio en el murmullo
de las voces ansiosas de los nuevos
querrán un campo las gaviotas
cansadas por migrar entre las cumbres
quizás buscando un campo solitario
para hacer nuevos polluelos.

En medio del nuevo amanecer
oiré por vez primera el mote
que el sol amoroso y solitario
susurra para despertar las montañas.
Y yo con mis pasos expectantes
seré como un pulso emocionado
colado entre sus cuecos acordes
de historias, muchas de ellas, olvidadas.

En el cutis sensible y empedrado
que cubre con paciencia las montañas
zurcaré incansable en las arrugas
que el tiempo ha dibujado con donaire
al compás de un azadón de labradores.
Y allí en sus esteros, en las cumbres
entreveradas y cansadas, oiré como nunca,
el ritmo palpitante y terco de los Andes.

Si tengo un nuevo amanecer,
veré con ojos tropicales el abrazo
que dan los rayos tibios muy celestes
a la blanca pelambre del horizonte.
Habrá entonces un ansia en las colinas
por recibir el beso de las nubes solitarias
y su toque suave entre los riscos y las peñas.

Y entre tantos forasteros, con la brisa tibia
del amanecer de los Andes, el sol y las montañas
acudirán a desearse buenos días
entremezclándose con la prisa del viento,
y el suave olor de vides solitarias,
en ese nuevo amanecer.



Y podrán narrarme los peñascos,
mientras van custodiando los recuerdos
de gestas libertarias, el ciclo incesante
de cada amanecer, el tiempo detenido
en cada beso cotidiano, entre las muchas
e inconscientes cosquillas que realizan
sobre el musgo los transeúntes.

Si tengo un nuevo amanecer, aunque sea
uno solamente, abriré mis ojos nuevamente
para ponerlos al abrigo de las montañas,
santiaguinas y empedradas de los Andes.
Ante la emoción ansiosa del encuentro,
junto con las nubes tibias del verano,
tocaré en el aire las cumbres aún distantes
y canosas por el tiempo...
si tengo un nuevo amanecer.




II

Muy temprano salió el sol
a despertar las montañas
y éstas no se despiertan
porque están trasnochadas.

¡Qué palabras dirá el sol
a las montañas cansadas,
por llevar el peso suave
de su sombra solitaria!

¡Qué dirá el astro regio
al ver que no se levantan
Y que aplazan el canto
De los lirios y las garzas!

El sol se acerca suave
besando sus cumbres blancas
y canta un canto de otoño
susurrándolo entre las parras.

Quién es el que canta el canto
-Musitan las montañas-
El que sonríe cambiando
La noche por madrugada!


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