Invitación





Siéntate a la mesa, ven conmigo,
mira las presas que se ocultan
en el fondo que no vemos,
allí donde la sopa espesa.

Arroja tu careta, monocuco,
que te protege del tiempo,
o lucharás con la yuca tibia
entre las ramas de cilantro.

Si fuera tú las dejaría 
navegar entre las mazorcas,
no sea que estén celosas
y te agarren por imprudente.

Sólo tendrás que decir el nombre
de las que yacieron contigo,
atarlas con tu cara a los vapores
del caldero burbujeante.

¿No quisiste preguntarles
sus desvelos no nombrados,
manteniendo el rostro oculto
mientras te confiaban sus versos?

Al caldero no le mientes
en sus trozos de costilla,
no hay lugar para artimañas
si es que reinan los guandules.

¿No recuerdas cuando eras
sólo un niño con su plato, 
y encontrabas tu sosiego 
con olor de guineo verde?

Entonces alguien revolvía
y extraía  algún guijarro
expulsado desde adentro,
como de cavernas infernales.

Pero hoy son otros tiempos.
Ya no se ven a las ahuyamas
junto a trozos de arracacha
balancearse suavemente.

Pero tú, si así es que quieres,
puedes contemplar el mundo,
revelar la luz que no te pasa
entre los huecos de tu máscara.

Quizás puedas ver las presas
muy abajo de mi caldero,
y advertir aquel rostro triste
que ocultan las marimondas.





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