Morir contigo
Luego de todos estos años, Señor,
descubro con asombro
esta verdad que me inquieta:
me llamas a morir contigo.
Lejos se van los aplausos,
los reconocimientos que yo
pensé que tendría, las alabanzas
que esperé llegarían un día.
Lejos se van los placeres
que pensé que podía darme,
las libertades que soñé, la vida
que pensé me estaba reservada.
Lejos las compañías, los amigos,
la música de chimenea en la noche,
los sueños compartidos, el abrazo
que pensé estaría a la puerta.
Finalmente todo se concreta
en que tengo que morir contigo.
La vida que prometes es tu fracaso,
pies pisando el fango y rostro
que mira hacia abajo.
Me dices que si no es molestia
le diga a otros que te acompañen,
que nos acompañen quiero decir,
aunque no me convenzo del todo
en esto de seguir tus pasos.
¿Cómo decirles si ellos quieren
bañarse en su ducha caliente, si añoran
las sábanas suaves de la cama, si gozan
con los manjares de lunes en la tarde?
¿Querrán morir cuando la vida canta,
cuando se llenan como hoy las ciclovías
y los productos llenan con buenos precios
los estantes en los supermercados?
¿Querrán ensuciarse de fango si ya
no piden fiadores en las tienda, si las
tarjetas de crédito quitaron los plazos,
si los niños corren solos por la calle?
¿Cómo invitarlos a la muerte?
Tú los sigues pero aguardas un poco.
Te detienes y me extiendes la mano.
Ven - me dices - ¿quieres venir a morir?
Ven conmigo, lo entenderás más tarde.
Huele mal en la calzada, una bruma espesa
me detiene y el olor de pan fresco llama
a mi espalda los cantos navideños,
las amistades, los cantos solemnes.
Se me cortan las palabras.
Miro mis pies tan limpios y el barro que llega,
que los abraza, como si quisiera
apoderarse de ellos, como los tuyos, que ya no se ven,
que ya se pierden en tus tobillos.



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