La Palabra



En el principio era la palabra
pensada silenciosa, inesperada,
y su andar travieso entre las cosas,
tocándolas, dándoles nombre,
porque quería que existieran.

Y éstas no sabían que eran
tocadas y acariciadas por ella,
sólo dormían mientras mecía
como una madre sus contornos
susurrándoles sus canciones.

Encantaba dulcemente
la palabra sutil y andariega
la superficie de las cosas
y las pintaba a su antojo
usando sus suaves pinceles.

Así salían unas verdes, unas
más celestes o amarillas
ante el beso inesperado
de la palabra y su susurro
pronto y festivo.

Y luego la Palabra,
habiendo tocado las cosas,
habiendo dado nombre a sus
contornos y suave color a los
cuerpos que dormían

           salió del silencio
y habitó entre nosotros.
Entonces se hizo poema,
cuento, canto popular,
canción festiva que podían

los hombres llevar consigo.
La palabra era cantable
en los labios de los hombres,
y podía acudir para siempre
a besar sus sentimientos.

Y la palabra hizo una tienda
en la poesía de los hombres
y se hizo óleo en sus pinceles,
dulce corchea y greda
que toma alguno para la vida.

Hizo su casa y puso el techo
trasegando entre los hombres,
entre sus más sutiles y nefastas
emociones y sueños invisibles.
y éstos ignoraban su presencia,

su caminar entre los susurros
y en la caricia de sus pinceles. 
Pero ella quiso entregarse,
como poema gratuito,
como dulce canto, para siempre,

entre los amores negados
y aceptados de los hombres.
Allí se hizo una casita campesina,
puso su horno de barro y canta
                                    y espera.

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