Oración del laboratorio
Te invocamos Señor,
dueño del espacio y del tiempo,
Tú que moldeas los astros
e infundes vida en el cero absoluto.
Tú que moviste la materia a su explosión,
que expandiste su polvo en los abismos,
que juntaste por segmentos los protones
dando a luz a los átomos.
Te llamamos, Dios, siempre presente,
Tú presentiste el nacimiento de las estrellas,
notaste el resplandor de las supernovas,
les pusiste nombre, las llamaste,
junto con su corte de asteroides y planetas.
Estabas tan presente en el caldo de la vida
le infundiste tu aliento y nacieron las diatomeas,
tu tacto y salieron los seres flagelados,
dejando en la tierra desde el mar a los reptiles.
Tú que nos sacaste de las madrigueras
devuelve la vida a este mundo,
la vida que nosotros distrajimos.
Bendícenos, Tú, que bajaste al pitecántropo de los
árboles,
que le pusiste en sus manos las herramientas,
los primeros trozos de piedra pulida.
Tráenos la ciencia que viene de tus manos,
Tú que llegas a nosotros por túneles de gusano,
que te cuelas en la historia por medio de agujeros
negros,
que entras haciéndote uno de nosotros,
un ser vertebrado pensante que se pregunta,
que escribe, que puede dar lugar a la esperanza.
Ven a nosotros aunque olvidemos la ciencia que se esconde
en los neutrinos, en los bolsones de Higgs, en la danza
oculta
que cantan los sistemas binarios, en sus campos
gravitacionales
y en la teoría de las cuerdas.
Ven con tu velocidad supersónica para que te quedes con
nosotros,
porque sólo Tú tienes palabras de vida, sólo contigo toma
forma el vacío
y se conmueven las monótonas rutas de los astros.
Te alabamos, Tú que eres la razón subyacente a los
fenómenos,
El Dios que no hace alarde de su fuerza,
El siempre presente.



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