El ciego

Estaba en otras cosas
cuando llegaste a mí.
Pero exhalaste, viniste
y te sentí tan cerca...
No pude evitar pensar
que la vida cambiaba
acaso para siempre
en aquel segundo.

Tu calor abrasó el lugar
donde me sentaba
a esperar,
viéndome solamente,
admirando
sin más las imágenes
que a mi mente venían.

Tu voz caló hondo
y mis oídos se abrieron,
cedieron como puertas
dispuestas de par en par
y olvidé
en ese frágil segundo,
el ruido de la gente,
las voces de los vendedores
las quejas de los transeúntes
sobre todo de los forasteros
y el llanto de los niños pidiendo
un abrazo, un beso o simplemente
algo para meter a la boca.

Olvidé como nunca
las imágenes que llegaban
sin llamarse a mi cabeza,
aquellas fotografías que sólo vi,
mis compañeras invisibles
para el resto del mundo.
Dejé de sentir
en ese frágil segundo
la lóbrega humedad del vecindario,
la tierra que quise apartar para sentarme
y esas sucias monedas que habían tirado
y robado muchas veces en mi cuenco.

Entonces lloré,
sentí abrir mis ojos
y pude verte.

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